Alonso Maldonado Blaubach en la Asamblea Nacional de Venezuela, 2025. Archivo
Alonso Maldonado Blaubach en la Asamblea Nacional de Venezuela, 2025. Archivo
Los términos izquierda y derecha, nacieron en la Asamblea Nacional francesa de 1789 como una simple descripción de dónde se sentaban los diputados, sin contenido doctrinal alguno. Con el tiempo, sin embargo, uno de los dos bandos construyó una ideología articulada, con textos fundacionales, congresos e Internacionales numeradas, mientras el otro jamás produjo nada equivalente. La tesis de este artículo es que «derecha» no designa una doctrina política sino un residuo, esto es, lo que queda fuera cuando la izquierda traza la línea. De ello se sigue que el ciudadano que solo reclama imperio de la ley, propiedad privada, poder limitado y libertades civiles no ocupa una posición en ese eje. Está defendiendo un marco, y un marco no es un programa.
La primera prueba es la asimetría entre ambos términos. La izquierda se define por lo que afirma y cuenta con partidos que llevan la doctrina en el nombre, mientras que la derecha carece de manifiesto, de internacional y de doctrina compartida. Bajo esa etiqueta conviven un liberal partidario del mercado abierto y un tradicionalista de trono y altar que no comparten una sola premisa, y que están juntos únicamente porque un tercero los agrupó. Una categoría cuyos miembros no se reconocen entre sí no es una familia ideológica sino un conjunto residual. Todo residuo lo define quien traza la línea, no quien queda del otro lado de ella.
La segunda prueba es que el término carece de contenido estable. Imperio de la ley, propiedad, separación de poderes, prensa libre y libertad de cultos era la posición de la izquierda en 1789 y la que defendía el Partido Liberal Venezolano frente al Conservador durante el siglo XIX. El contenido no se movió un milímetro y lo que se movió fue la etiqueta. Eso solo se explica de una manera, y es que el eje no mide doctrinas sino distancia respecto de un punto de referencia móvil. Quien fija ese punto es la izquierda, de modo que lo que ella sostiene hoy se vuelve el centro y todo lo que queda atrás pasa a llamarse derecha.
La tercera prueba es doctrinal y explica por qué la categoría se mantiene pese a su vaguedad. Si la historia es lucha de clases, el adversario no es un ciudadano que discrepa sino la encarnación de un interés de clase, y Hannah Arendt documentó en Los orígenes del totalitarismo la figura del enemigo objetivo, definido no por lo que hace sino por lo que es. Carl Schmitt formuló la mecánica desde la orilla opuesta al advertir que quien logra nombrar al enemigo estructura todo el campo político.
Venezuela ofrece la prueba experimental, porque bajo la etiqueta derecha, el discurso oficial ha colocado a la vez a un partido socialdemócrata de la Internacional Socialista, a la Confederación de Trabajadores, a la jerarquía católica, a Fedecámaras y al movimiento estudiantil. Ningún predicado descriptivo puede ser verdadero de todos ellos simultáneamente, de modo que la función del término no es describir sino señalar un blanco.
Esta discusión dejó de ser académica en Venezuela. En la mesa de diálogo instalada en Caracas se negocian hoy cuatro asuntos concretos, a saber, la renovación completa del Tribunal Supremo de Justicia acordada en la primera ronda de agosto, un cronograma electoral que sindicatos y asociaciones reclaman en la calle, la libertad de las cientos de personas que siguen detenidas por razones políticas y las garantías civiles junto a la libertad de expresión. Ninguno de esos cuatro puntos es de izquierda ni de derecha, porque ninguno decide qué política económica o social se aplicará después, sino que los cuatro fijan las reglas bajo las cuales eso se decidirá.
Un juez que no dependa del poder no favorece a un bando sino que permite que ambos litiguen, y una fecha de elecciones no impone un resultado sino que deja que lo escoja el elector. Si en los meses que vienen se vuelve a tildar de «derecha» a quien exija esas cuatro cosas, no se estará clasificando a nadie sino repitiendo el mismo mecanismo que trajo al país hasta aquí, cuando lo que Venezuela necesita no es que gane un bando sino que existan por fin reglas bajo las cuales cualquiera pueda ganar y, sobre todo, perder.
Alonso Maldonado Blaubach, Coordinador de Finanzas del Movimiento Republicano. Profesional del seguro con más de tres décadas de experiencia en el mercado venezolano, fue Presidente de C.N.A. de Seguros La Previsora y de Seguros Los Andes. Es egresado en Ingeniería de Northeastern University, Boston.
https://www.movimientorepublicano.org
https://es.wikipedia.org/wiki/Movimiento_Republicano_(Venezuela)